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Volver a correr después de partirte en dos.

Volver a correr después de partirte en dos.

Hace un poco más de dos meses di a luz a una bebé preciosa y sana. Cuando me embaracé, soñaba con ser la panzona fit, la que corre con la tripa al aire y la que roba miradas por la fuerza con la que sigue ejercitando mientras acarrea un bebé en la panza. Pero obviamente no fue así. Dejé de correr como a los 5 meses de embarazo y me volví de todo menos fit. Qué les digo, un bodrio pues.

Luego soñé con volver a ponerme los tenis tan pronto naciera la chamaca, hasta puse a cargar mi Tomtom días antes del parto nomás para emocionarme pensando que me recuperaría tan pronto, que aún tendría batería para el primer uso. Y tampoco fue así.

Les cuento. Aunque hubo momentos en los que, no les miento, quería que me sacaran YA a la bebé porque no podía más del achaque, la verdad es que siempre quise tener un parto natural por varias razones: la principal era, claramente, los beneficios para la salud de mi hija y en segunda instancia la prontísima recuperación que traer al mundo a un bebé de esa manera supone. Nada de cirugías, nada de convalecencia, nada de eso. Así que desde la semana 37 estaba yo que no podía esperar al momento de la pujada (pero tuve que esperar hasta la 40).

El 9 de Mayo al medio día entré en labor de parto y por ahí de las 3 de la mañana del día siguiente (sí, 10 de mayo…) consideramos que ya era momento de ir al hospital, tenía dolores infernales cada 5 minutos (digo, contracciones) y ya no podía más. Llegamos al hospital, continué con el trabajo de parto unas horas más, hasta que llegó el momento que había esperado durante tantísimo tiempo. Me llevaron al expulsivo, perdí la poca dignidad que me quedaba y empezó la carnicería (digo, el milagro de la vida).. de repente escuché que mi doctora dijo que la bebé venía volteada y que la iba a tener que girar, luego de un momento pidió algo y en unos segundos vi llegar a alguien con unos fórceps, nunca me preocupé de que los usara, la verdad es que siempre confié plenamente en la ginecóloga (¡es una buenaza!) pero sí te impresiona ver que a tu pequeño cuerpecito le meten semejante armamento. Total que no hago el cuento largo.. yo sentía que todo se me partía por dentro, sentía mucha presión, dolor y ganas de que saliera la bebé y que todo eso hubiera terminado. Finalmente, pasadas las 7 de la mañana nació Mercedes, su papá lo agradeció también porque ya se le veía medio impactado con todas las cosas brutales (digo, el milagro de la vida) que presenció. Le di un besito a Mer, se la dieron a su papá y me llevaron a recuperación. En ese momento sentía un alivio impresionante. La adrenalina había hecho lo propio y yo estaba disfrutando de que todo había terminado y todo había salido perfecto: la bebé bien, la mamá bien, el papá traumatizado para toda su vida, digo, bien también.

Al día siguiente nos fuimos a la casa, yo me sentí poderosa y ya estaba haciendo planes para correr. A la semana del parto mi doctora me revisó y me dio luz verde para hacer lo que yo quisiera, salvo cargar mucho peso. ¡Podía correr!… ya no sentía el dolor de la episiotomía (quiero mantener este post lo menos gráfico posible, así que puedes averiguar qué es la «epi» en google jajaja) pero tenía un dolor en el coxis (coccix, correctamente escrito) que cada día se volvía más y más agudo. Pasé muchas horas sentada dando de comer a la bebé en esos primeros días, así que me dolía permanentemente. Muy.

Cuando pasaron 3 semanas del parto me subí a la banda y al primer paso sentí que algo no estaba bien. Me dolía mucho el coxis y además, con el impacto a cada paso, sentía como si esa última vértebra estuviera en otro lugar. Total que al pasar de los días y el aumento del dolor, decidí investigar y di con que efectivamente puede lesionarse esa parte del cuerpo en los partos instrumentales (donde se usan fórceps), así que me saqué unas radiografías y ahí estaba la razón de mi dolor: fractura de pubis y luxación completa de coxis. Qué jodedera.

Tras el diagnóstico, sólo escuché que me dijeron: «no hay de otra más que la cirugía…» . Iba sola y a pie, así que muchas personas me vieron llorar de camino a mi casa, además a 4 cuadras de llegar, se me reventó la liga que detenía el chongo gigante formado por una cabellera sin cepillar que me llegaba a la cintura, así que podrán imaginarse la panorámica: mujer panzona pero claramente no embarazada, ojos hinchados, llorando y con pelos de loca… «seguro acaba de parir», habrán pensado varios.

Me devasté. Después de evitar a toda costa una cesárea precisamente por no someterme a una cirugía, resulta que ahora necesitaba una de urgencia para arreglar mi problema, pero ahora ya con una bebé en casa que necesita de toda mi atención. Imposible. Lloré por 3 días hasta que ya con la cabeza fría me dije: » a ver Alín, la cirugía siempre debe ser el ÚLTIMO recurso, tú no te has tomado ni una aspirina…» así que decidí agotar primero todos los tratamientos habidos y por haber y si nada de eso funcionaba, pues venga, a seguir llorando que me opero.

Después de decidir esto, hice una cita para intentar, de entrada, con terapia neural. Fui a mi cita, grité horrores con el mega piquete que me dieron (Fer mejor se volteó para no ver, yo creo que ya con el parto tuvo) y seguí las instrucciones al pie de la letra, continué con la terapia y al cabo de 4 semanas el dolor se esfumó. Por completo. Sin cirugía.

(En otro post les cuento qué es la terapia neural)

Libre de dolor, me emocioné porque por fin iba a poder correr. ¡Por fin! Así que me puse los tenis y cuando estaba calentando me visualicé corriendo como la última vez, creyendo de la manera más inocente que así de fácil iba a ser poner un pie delante del otro. Sufrí, sudé y finalmente… caminé. Igual que aquellos días de hace 15 años en donde me salía por primera vez a trotar, pero sumándole dos kilos de frustración y restándole otros dos de novedad. Y es que volver a empezar ahora no es igual que la primera vez, porque al principio, si bien cuesta un montón, pues todo es evolución, todo es algo nuevo y todo es mejora, sin embargo, ahora el cuerpo y la mente (sobre todo la mente) saben que eso ya estaba dominado y que por alguna causa ya no lo pueden hacer, así que llega la amiga frustración y le imprime un sabor terrible a estas corridas (trotes-caminatas) que ahora tengo, porque el cuerpo no entiende de razones, ni sabe que «poco a poco» va a volver a ser como antes, sino que se siente ahogado en una actividad que le cuesta mucho trabajo y le incomoda. No me estoy divirtiendo, les juro, mis corridas añoradas se han convertido en un suplicio.

Los envidio a todos ustedes corredores. Sé que un día seguramente podré volver a disfrutar de correr sin sentir que se me sale hasta el alma y sé que nos volveremos a ver en las líneas de salida y en las metas. Estoy tratando de que mi cuerpo entienda que me partí en dos y que unir las piezas lleva tiempo, mucho o poco, pero lleva tiempo. Mientras tanto, disfruto ver a mis entrenos correr y quejarse, a mi mamá prepararse para Chicago y a Mercedes que cada día está más bonita.

¡Nos leemos!

Alín

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