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Maratón León Independencia 2015 (desde mis ojos)

Maratón León Independencia 2015 (desde mis ojos)

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Todos los maratones son especiales. Aunque no sean los propios.

Ayer se corrió en León el Maratón Independencia, el más antiguo de México. No voy a contar en este post las cosas malas, las quejas, porque esas ya todos las sabemos y cada quien tiene algo que agregar, así que me limitaré hoy a narrar el maratón desde la perspectiva de lo especial que siempre es esta distancia, simplemente como “el maratón”, el que ayer le enseñó tantas cosas a tantas personas.

Yo no lo corrí, bueno, corrí pero no fue “mi maratón”. Corrí para acompañar y alentar, gritar, aplaudir, sufrir en cuerpo ajeno y celebrar.

Primero corrí de mi casa al km 11 (que me quedaba cerca, como a unos 3 km), ahí estuve un rato echando porras a los primeros que pasaban después de los élite… me tocó ver de todo, ya saben, siempre el humor del corredor. Vi a un tiburón que iba fresquísimo (y luego lo vi tres veces más y fui testigo de cómo sus aletas, en cada punto distinto que lo veía, iban cayendo -aunque no el ánimo ni las ganas del corredor bajo el disfraz, claro- ), vi a una Mimí oriental, que además ya había visto en otras carreras y siempre me causa mucha gracia, vi a gente regiomontana muy feliz, a muchos amigos y conocidos corredores… hasta que por fin vi pasar a mis entrenos, ¡los estaba esperando!, cuando pasaron por el 11, agarré mis chivas y me fui corriendo al km 21 para verlos pasar otra vez por ahí y acompañarlos hasta el km 36 más o  menos, así que apreté el paso para alcanzar a llegar antes y poderlos ver de nuevo, por suerte, ellos tendrían que rodear algunas calles más y me daría tiempo de llegar sin temor a que hubieran pasado antes. Así fue, incluso me dio tiempo de ver pasar a las mismas personas que en el punto anterior jajajajaja, seguro pensaron que tenían un deja vû y la imagen de la loca gritona se les volvía a aparecer, también me eché una conversación entre dos señores ya mayores que se quejaban porque ellos sí eran corredores “de los de antes”, decían:  ” éstos disque corren, ve todo lo que traen cargando, antes puro zapato de carnaza… y además no había premio en efectivo, corríamos nomás de gusto y por un trofeo que aparte estaba bien &$”%% ..”  jajaja, tienen razón, aunque en sus ojitos se veía un poco de nostalgia cuando veían a los corredores pasar… porque ellos ahora ya no lo hacían más, ya saben, la época de oro siempre será tu época y la de nadie más.

Por fin los vi acercarse y en cuanto me pasaron por enfrente me les uní…

Me encantó porque corrí sin presión alguna, sin nervios porque ese era el día de alguien más, de miles más, y yo no tenía que cumplir un tiempo, ni siquiera una distancia, pero aún así podía disfrutar de las pocas pero sustanciosas porras y todo el ambiente festivo que involucra un maratón. En fin, el equipo muy bien, todos felices.

De repente, un mal momento llegó para uno de ellos, y es ahí donde empezó su maratón. Cada corredor tiene un punto catártico, puede ser en el km 37, en el 2, en el 15 o en el 28, pero todos lo tienen, lo tenemos. Es el momento donde maldices y te cuestionas y quieres acercar la meta y quieres pegarle a todos y acostarte a dormir (y echarte un caja de diclofenaco), todo pasa por la mente y quien haya corrido unos efectivos 42.195 kilómetros sabe bien de lo que hablo. La diferencia está en cómo lo afronta el corredor, por suerte, aquí nunca hubo la intención de abandonar, siempre supimos que se podía, todos lo sabíamos, sólo había que encontrar la manera, tolerar y tolerar, hasta agarrar fuerza suficiente para terminar lo que él había comenzado.

Llegó el kilómetro 36, mis kilómetros estaban cumplidos y el fondo del día completado, pero esto no se quedaba así… entonces, decidí irme hasta los 42k acompañando. Soy tan feliz de haberlo hecho que no sé ni cómo empezar a explicar las cosas que ví y entendí ayer, porque aunque he sido dos veces maratonista, es difícil asimilarlo cuando estás del otro lado, sientes muchas cosas y no a todo puedes ponerle nombre y apellidos. Pero ayer fui espectadora al paso.

Hay tanta, pero tantísima ambigüedad en los corredores que de verdad cautiva. Por un lado, el dolor, el cansancio, el sudor, el hambre o la náusea,  nos hace querer llorar, sentirnos frágiles y que no podemos más, ayer vi cómo las palabras animosas de la familia y los seres amados van directo a conmover hasta las lágrimas por encontrarse los corredores en un estado de total vulnerabilidad ante las emociones y las muestras de confianza ciega, pero por otro lado, contrapuesto a una persona vulnerable y frágil, hay un guerrero que está en control de su cuerpo pese al dolor inmenso que va sufriendo, no se tira al suelo, no se rompe, no desiste, pura fortaleza.

Quiere decir, que cuando corremos, el cuerpo y la mente se nos ponen fuertes, pero se nos hace blandito el corazón.

Al final todos tuvieron éxito. Todos aprendimos muchas cosas.

Felicidades a ti que te convertiste en maratonista o  que volviste a transformarte en uno. Dicen que la gente no cambia, pero seguro el que lo dijo nunca conoció la hazaña de un corredor.

¡Nos leemos!

Alín

 

Foto: Run4Life Magazine

 

 

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