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Lala no fue mi maratón

Lala no fue mi maratón

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Hace 21 semanas empezó todo. Bueno, de hecho todo empezó con una cosquilla y un comentario sobre lo lista que estaba mi mamá para correr un maratón y la elección inicial fue debutar en el Maratón Internacional de la Ciudad de México 2016, luego pasaron los días y la idea del debut capitalino cambió de repente, porque para agosto faltaba mucho y hay picazones que ni rascándolas con lija se pueden quitar. Lala iba a ser. Mi mamá se estrenaría como maratonista, el exclusivo grupo del 1% de la población mundial.

Lala, no fue mi maratón, fue el de mi mamá.

Rina tiene 57 años. Además de ser músico de profesión, fue seleccionada esgrimista de la UNAM y probó las mieles de la carrera cuando, como parte del entrenamiento, había que correr varios kilómetros por el delicioso tartán de CU. Luego ya no lanzó espadazos y terminó en León, parió dos chulas hijas (una corredora y otra no tan corredora), pasó algunos años jugando tenis a nivel competitivo hasta que las lesiones no la dejaron hacerlo más. Ahora hace pilates de manera bárbara y ha retomado la carrera, pero vaya manera de retomarla. 

Mamá, no llores cuando leas mi post. <3

Fueron semanas duras, hubo una terrible lesión en el tendón de aquiles que la sacó del entrenamiento un mes completito, la verdad es que no sabíamos a ciencia cierta si podría continuar y si la ida a Torreón sería posible, pero nunca lo dijimos en voz alta, porque cuando eso pasa, cuando escuchamos lo innombrable y le ponemos palabras a nuestro pensamiento, la mente se lo cree y lo agarra de pretexto y luego a ver quién la saca de ahí.

Por suerte y por el buen tratamiento que recibió, estuvo listísima para irnos el viernes 4 de Marzo a la Comarca Lagunera, por fin. La ansiedad de los días previos era muchísima, ya quería que llegara el día. Nos fuimos a las 9 de la noche y llegamos a las 7 de la mañana sin haber dormido porque el trayecto en el autobús fue terrible y si alguien me heredó el miedo a la carretera fue mi mamá, así que ni ella ni yo dormimos; llegamos cansadas pero emocionadas, además de muy bien atendidas; en la central nos encontramos a dos personas con playeras de voluntarios del maratón y súper amables nos llevaron a desayunar, porque la tripa ya nos reclamaba.

Fuimos al hotel, a la expo, nos tomamos mil fotos, comimos y nos fuimos a dormir lo más temprano que pudimos, al día siguiente, por fin, estaríamos en la línea de salida.

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Gracias a una señorita de la recepción que nos mandó a quién-sabe-donde a esperar el autobús del maratón que llegaría por nosotros al hotel, nos quedamos fuera y tuvimos que buscar un taxi para que nos llevara al arranque, íbamos nerviosos por el tiempo, pero al final la distancia fue súper corta y llegamos como en 5 minutos. Calentamos, más fotos, himno nacional, disparo y salieron las mujeres élite, ¡seguíamos nosotros!, nos ubicamos en los corrales, saludamos a todas las cámaras que vimos, contamos del 10 al 0, se nos erizó la piel, nos dimos un abrazo fuerte y ¡arrancamos!.

Por ahí del kilómetro 3 vi que mi mamá iba a un lado, la estrategia era que ella mantuviera un paso mucho más lento desde el inicio, pero la emoción la hacía correr más rápido de lo que debería, me acerqué y le dije que le bajara, porque faltaba muuuucho. Después de unos minutos la dejé de ver. Héctor  y yo nos adelantamos, chocábamos manos con las porras y festejábamos cada palabra de aliento que la gente tan linda tuvo para los corredores. La familia estuvo en 2 puntos durante la ruta, en el kilómetro 17 y en el 28 y por muy extraño que parezca, cada vez que nos acercábamos al kilómetro donde habíamos quedado de vernos, siempre me imaginaba ver a Fer, a mi papá y a mi MAMÁ (¡la costumbre!), hasta que me sacudía la idea y me acordaba de que esta vez era diferente y ella me echaba porras desde algún kilómetro de la ruta misma. 

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Por ahí del kilómetro 33 me enojé un poco porque vi el reloj e iba muchos minutos por encima de lo que tendría que haber ido, pero a esas alturas, con ese calorón, imposible recuperar lo perdido. Este fue mi tercer maratón y tenía un millón de planes que supe que ya no iban a ocurrir.

En el 37 me dieron muchas ganas de llorar, me sentí muy mal, me dolían las piernas y el ego (y lo segundo duele más fuerte), me recriminé un montón de cosas, como todas las series que no hice o no bajar esos kilos que me puse encima los últimos meses, porque sin duda ambas cosas me alejaron del objetivo, no lloré porque cada vez que se me venía el puchero se me cortaba la respiración y salía peor el asunto, así que me tragué el nudo y seguí. A partir de ese momento todo se me hizo e-ter-no.

La gente hermosa me decía que la meta estaba a la vuelta y que la próxima vez que escuchara música iba a ser la de la llegada, así que me esperancé en que todo iba a acabar pronto, aventé el agua y las gomas que me quedaban porque siempre en mis llegadas a la meta traigo mil bolsas en las manos y esta vez, por lo menos, tenía que levantar las manos bien limpias. Llegué.

En cuanto crucé la meta sólo podía pensar en mi mamá, no sabía en qué kilómetro iba, si estaba bien, si se estaba aguantando el llanto como yo o si estaba en plena catársis todavía. Pensé en lo orgullosa que estaba de ella y en que tenía que estirarme rápido para alcanzar a salir y verla llegar.

Me fui directo a las vallas del arco de meta, estuve un rato esperando, imaginándome que en cualquier momento las trenzas de mi mamá harían su aparición y así fue, de repente las vi de un lado a otro, ¡ya venía! se veía entera, le grité mucho:- ¡ Vamos ma!, hasta que logré que volteara para donde yo estaba, –¡ya llegaste! …. apretó el paso y terminó los metritos que le faltaban, esos que ya van sobre un tapete (azul, en este caso) y por los que nos dan ganas de vivir un millón de años más. 

Mi mamá, la chingona, había terminado sus 42.195 kilómetros, la prueba más difícil sin contar mi terrible adolescencia.

-Así que para todos aquellos que creen que si a los veintitantos no están corriendo ya ni vale la pena intentarlo, les cuento que eso se lo dicen ustedes mismos porque lo suyo lo suyo, es el pretexto-.

Por fin salió de la zona de llegada, con su medalla que se opacaba por su alegría y su cara de satisfacción, la felicité mucho y nos contamos las cosas felices y terribles que vivimos en el camino, me contó sobre su pobre planta del pie, que desde antes del kilómetro 20 estaba totalmente ampollada por la tobillera y su cadera que no dejaba de dolerle. Ella, además de todo, ha de ser una buena actriz, porque corrió como si nada le doliera.

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Siempre habrá maratones pero sólo hay un PRIMER maratón, el que te convirtió y por el que tienes un lugar especial en tu corazón. Y este, el Maratón Lala 2016, fue SU maratón, el de mi mamá. Gracias siempre Torreón.

¡Nos leemos!

Alín

pd. Tan chula mi mamá, sale en el video del maratón <3 en el minuto 2:27, te lo dejo aquí, dale clic, emociónate de nuevo y vele sus trenzas tan bailarinas.

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