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Crónica del Maratón de Ottawa, el que me cacheteó.

Crónica del Maratón de Ottawa, el que me cacheteó.

No sé ni por dónde tiene uno que empezar a escribir tanta cosa que pasó en tan poco tiempo.

Tres semanas antes del maratón corrí mi último fondo, un fondazo diría yo, mi amiga Zaira se había casado el fin de semana y temía que la desvelada y el bailongo me impidieran correr como se debe, sin embargo todo salió perfecto, hice un fondo específico, total que hice de esos fondos que acabas y sientes que eres el rey del mundo, el papá de los etíopes, confianza y seguridad a tope. A la semana que le siguió me tocaron 19k, todo bien, ya en tapering y disfrutando el recorrido. Semana previa, 10 kilometrillos, cuánto podía ser, qué tanto me podían costar.

La vida.

Los 10 kilometrillos me costaron la vida y lo más importante, la confianza en mí. Lo que se gana en un fondazo, lo perdí en una carrerita suave. Me sentí un poco derrotada pero pensé que era el cansancio mental previo al maratón, así que descansé mi mente y dejé de machacarme con ideas de esas, de las que agobian.

Llegó la semana maratoniana, los nervios fuertes. El martes intenté correr 5k suaves, para soltar las piernas y aplacar la mente pero lo peor llegó: en el km 2.5 se me movía todo hasta que la vista se me quedó en negro, iba corriendo por un estacionamiento así que me hinqué en el suelo porque juré que azotaba. Era el kilómetro 2.5, ¿de verdad? ¿ni a 3 llegaba? Estaba acabada.

A partir de ahí temí. Me sentía muy nerviosa y asustada, a quien me preguntaba con sonrisa en la boca si estaba lista para el maratón le contestaba que ¡no!, que no podía correr ni 3 kilómetros. Así lo repetí muchas veces, ni me acuerdo cuántas. Todo mundo trató de cambiar mi idea, de hacerme sentir fuerte y preparada, los escuché, pero mi cuerpo me dictaba otras cosas, hasta que la amiga más chula y mal hablada que alguien pueda pedir me mandó un mensaje y me dijo como medio harta: “ siempre dices eso, ya deja de m %#!&  la  r &$#%” me dio mucha risa y le creí, pensé que era puro drama y que de seguro hasta habría hartado ya a los demás con mi cara de tragedia diciéndoles que no podía correr ni tres kilómetros.

Llegó el viernes, Fer nos llevó a mi mamá y a mí al aeropuerto a las 4 de la mañana, íbamos felices y emocionadas, las dos cosas por igual, llegamos a Ottawa muertas de cansancio a las 6 de la tarde al airbnb y de ahí a comer algo, paseamos un poco y nos fuimos a dormir.

El sábado fuimos a la expo, todo perfecto y bien organizado, la gente amabilísima y todo el aire increíble que se respira en las expos nos contagiaba de emoción. Imagínate estar en una sala  grandota donde hay miles de personas felices, emocionadísimas y expectantes igual que tú. Eso se siente, que no me digan que no.

Recogimos nuestro paquete, rayamos la pared con cosas bonitas y nos fuimos a dar más paseo; Vero Velázquez de Lo que veo mientras corro, me había advertido que Ottawa es una ciudad chica y tan caminable que uno se olvida y termina paseando un maratón antes de correr el domingo, me sugirió tomar el turibús. No lo encontramos (hasta el final jajaja) y sí caminamos un poco,  tal vez unos 12 kilómetros, que es bastante aceptable; paseamos por la hermosa ciudad, tomamos fotos a todos los tulipanes que adornan las calles, vimos a los corredores de 5k y 10k vivir su carrera el sábado por la tarde, nos quejamos del calorón, disfrutamos la fiesta previa, comimos y nos fuimos a descansar.

 

 

Domingo 4:00 am, sonaron los despertadores, nos alistamos, desayunamos y vimos la tele para no hablar del maratón. Estábamos tan nerviosas que no queríamos ni mencionar que en un rato más íbamos a correr 42 kilómetros. A las 5:30 estaba amaneciendo y no se veía ni una sola nube, todas las malditas se dieron vacaciones ese día, todas se fueron a donde nadie las necesitaba. A las 6 am salimos del departamento, ya había sol y nos fuimos directo a la línea de salida, todo estaba increíble, el ambiente, la gente, todo. Unos 5 minutos antes de las 7 empezó la ceremonia de arranque, se cantó el himno y una bandera pasó por las manos de todos los corredores, me dieron muchas ganas de llorar con tanta emoción y alegría, las manos de mi mamá y mías se estiraron pero no alcanzaron a tocar la bandera porque nuestra estatura no nos lo permitió, aún así nos paramos de puntitas, subimos  mucho los brazos y sentimos que participamos en el avance de la bandera. Unos minutos más y llegó el disparo de salida, nos dimos un abrazo y arrancamos con toda la alegría y emoción que se puede tener en el arranque de un maratón.

Tuve miedo de sentirme como aquel día en que el cuerpo no me dio ni para correr 5k, vaya, ni 3k. Traté de no pensar en eso porque el cuerpo sigue a la mente y yo ya había pasado muchos tiempo pensando que algo iba a salir mal, así que me sacudí un poco esa idea.

Kilómetro 5, todo conforme estaba escrito en mi brazo izquierdo, donde llevaba los splits que tenía que hacer para dar la marca de 3 horas 49 minutos; kilómetro 10, seguía en tiempo pero rara, sentía que algo iba fallando, no sabía bien qué era pero mientras no cambiara mi forma de correr, seguro que nada malo podía pasar; kilómetro 15, bien, me me empezaron a temblar un poco las piernas y el sol ya me pegaba en la cabeza duro; kilómetro 21, crucé el medio maratón y todas las distancias previas, en el tiempo exacto que tenía apuntado en mi brazo, hasta con los segundos, sin embargo algo terminó de pasar en ese momento que ya no podía seguir como hasta ese kilómetro, empecé a sentirme más y más rara, como nauseabunda y débil. En el kilómetro 25 sentí un hoyo en el estómago, hacía 10 kilómetros de mi último gel y pensé que tal vez la sensación era de hambre, así que saqué uno, lo abrí y me lo comí, avancé un poco y un kilómetro y cacho más adelante, no pude más de la náusea y paré a vomitar. VO-MI-TAR. No podía creerlo, este tipo de cosas no me podían pasar a mí, ¿cómo podía estar sucediendo? Aventé toda el agua que había tomado, todo el nuun y dos geles, me sentí acabada.

Me limpié la boca y pensé mucho rato qué se hacía en estos casos, y dije: “ya lo dejas, no puedes seguir con esto después de vomitar… claro está” como si fuera un asunto colmado de obviedad. Me senté en un pastito muy fresco que bajó un poco mi temperatura porque el sol ya estaba durísimo, me daba vueltas la cabeza pensando qué podría hacer: “¿de verdad ya se acabó? ¿me salgo?, pues sí, ya estás mal y el pacer de 3:45 ya se fue, ya para qué sigues..” total que vi a mi alrededor y mi cinturón con 20 dólares, no sabía ni en qué zona estaba y no sabía si me alcanzaba para un taxi, y claro, podría preguntar pero si lo hacía no me quedaría más pretexto y tendría que irme.

Pensé en la tranquilidad haber acabado ya ahí, para mi cuerpo, porque me dolía mucho todo, y compadecí a los que todavía seguían corriendo. Decidí, tras mi soliloquio sobre la ubicación y el poco dinero que tenía para volver, que tal vez debería seguir unos metritos más a ver si llegaba a un lugar de donde pudiera coger un autobús y regresar al departamento. Me paré del suelo y cuando quise dar el primer paso sentí todos y cada uno de los hilos del calcetín clavarse como navajitas en los dos pies, sentía como si pesara 250 kilos y estuviera caminando sobre vidrios, vaya, que nunca he sido faquir, pero sentía que mi hazaña era como la de ellos, que caminaba sobre carbón ardiente, clavos y vidrios al mismo tiempo. La uña del dedo gordo me punzaba duro, ya no quería estar pegada a mi cuerpo. Dirán que soy una exagerada y probablemente sí, pero así lo sentía, lo juro.

Me fui caminando y sentía las palmadas de los corredores en mi espalda, alentándome para que volviera a correr, de repente vi venir al pacer de 3:50 y pensé que todavía no estaba todo perdido,y aunque mi tiempo se había ido ya, podría hacer sub 4 si me iba con él, traté de iniciar un trote justo cuando me pasó por un lado y a los tres pasos, me recordé que “yo ya había abandonado”, lo dejé alejarse, volví a caminar y  a los pocos minutos llegó la pacer de 3:55, se llamaba Rebecca y me gritó que corriera, que yo podía hacerlo, pensé que ella no me conocía y que no sabía que yo ya estaba fuera, ingenua Rebecca, sólo estaba yo allí porque no tenía ya por dónde irme, pero no iba a la meta, iba a mi casa. La vi hacerse chiquita en la lejanía y empecé a llorar.

Y lloro ahora, mientras escribo.

(porque lloro cuando escribo y cuando leo, no es culpa del maratón).

Me calmé un poco, alterné entre trotar y caminar y cuando voltee a ver un letrero, estaba en el kilómetro 30, me di cuenta que en realidad no había abandonado aún y que ahora ya no era una opción que lo hiciera, qué vergüenza salirme a esas alturas, a 12 kilómetros de la meta. Discutí mucho tiempo conmigo, pensé en mucha gente y en lo que pensaría, sé que no está bien y que no debe de interesarme, pero a veces, me interesa. Me dio pena por mí estar discutiendo sobre si irme o no basándome en lo que mis amigos, entrenos y familiares pensarían de mí, esto no era sobre ellos, era asunto mío. Luego pensé en el mensaje que Almudena, amiga y senderista española me había dejado y en donde me dijo: “a muerte” “no espero menos de ti” y efectivamente, yo tampoco podía esperar menos de mí. Gracias Almu, pude hacer esos 12 kilómetros restantes porque tenía tus palabras en mi mente. Pasó el pacer de 4:10 a un lado y lloré tan fuerte y tan caprichosa como el niño que pide a gritos un helado y cuando por fin lo tiene ve caer la bola al suelo. Me atraganté con mi propia saliva por querer berrear en silencio. Al lado mío escuché gritos de una chica oriental que lloraba más fuerte que yo, así que me permití el llanto con volumen, al fin y al cabo el de ella sonaba por encima del mío.

Pensé que necesitaba que alguien, como niña chiquita, me llevara de la mano y quise esperar a mi mamá, que seguro venía cerca, trotaría un poco y caminaría otro poco hasta que ella llegara a ese punto y pudiéramos irnos juntas, porque a ella sí no podía defraudarla en vivo y a todo color. Pero nunca la vi así que metí su imagen en mi cabeza y troté y troté, iba a unos 8 minutos el kilómetro e incluso hubo tramos en donde el garmin me marcaba más de 10. La nariz y los hombros me ardían, el calor estaba impresionante. Pensé en correr descalza porque me estaba quedando sin uña en el dedo gordo del pie derecho y tenía los metatarsos on fire, pero luego pensé que el pavimento seguro ardía como el infierno, así que me dejé los tenis puestos y seguí.

Llegó el kilómetro 40, ya había dejado de llorar hacía un buen rato y ahora estaba pasando por el enojo, como quien vive un duelo, una recta interminable anunciaba que pronto iba a terminar esta experiencia y yo no podía esperar más. La calle no se acababa, el sol no se acababa y el dolor no se acababa; avancé y escuché a un señor decir que tuvieran cuidado porque antes de llegar a la meta había un arco parecido que te hacía pensar que habías terminado, pero no era ahí.. así que me preparé mentalmente para eso. Vi el arco que no era la meta y un anuncio de 400 metros para el final, traté de trotar más dignamente pero no lo logré y de repente, cuando entré a las vallas del arco, un dolor en la boca del estómago llegó de lleno y me paró, ahí, con todas las cámaras, sobre el carril de entrada y faltando a lo mucho, 50 metros. En algún momento he visto personas pararse metros antes de la meta, ya casi para cruzarla y no concibo que no alcancen a llegar, ya sólo son cuatro pasos más, qué tanto puede ser. Pues también me ocurrió, me agarré la panza, traté de no poner atención a las miradas de “pobre mujer” que lanzaban los espectadores  y un señor que venía detrás me dió unas palmadas como para empujarme y que siguiera por lo menos para poner un pie del otro lado de la meta y así lo hice, avancé de a poco, recuperé el trote, levanté la cara y crucé. POR FIN.

 

Alín Wally. En la parte inferior con las manos en la panza y la cara de compungida.

 

Qué odisea.

Pensaba en que era una vergüenza pero no tenía mucha energía ni para regañarme. Me forme en la fila equivocada y me pusieron la medalla del medio maratón… luego alguien me vio y me dijo que yo era maratonista y que fuera por la medalla grandota, me volví a formar en otra fila y de nuevo me volvieron a poner la del medio maratón jajaja, no sé si el universo creía que esa fue la medalla que debía de colgarme al cuello, pero por fin al tercer intento, me pusieron la que debía caerme sobre el pecho. Sólo pensaba en meter los pies a la fuente que estaba en el área de recuperación, tal como me había dicho Vero, de hecho, pensé en eso mucho tiempo durante el camino, en la fuente y en lo frescos que sentiría los pies.

Por fin llegué, entre celebraciones, fotos, niños, perros, limonadas y cervezas. Caminé enojada y envidiosa entre la alegría de los demás, encontré a mi mamá estirándose y le dije: “ma, me fue muy mal” con cara de puchero, para que me consolara, porque a fin de cuentas es mi mamá y cuando uno llora y se siente triste pide a su mamá, no importa si tienes 5 años ó 32, no importa si eres un bad ass o un blandengue, la mamá es la mamá.  No pude meter los pies a la fuente porque al llegar mi tiré y fue como si me hubiera clavado en el pasto, no daba para moverme más. Le conté a mi mamá mi tragedia y ella, como para que yo no me sintiera tan mal, me dijo que “no le había ido bien”… aunque yo sabía que no era así, porque ella ya estaba ahí esperándome, señal de que había hecho un tiempazo brutal.Nos quitamos los tenis y nos vimos los pies que le quedan a uno tras correr tantísimo. Unos tamales sangrientos, ampollados y sin uñas. Divinos como trofeos de guerra.

Nos fuimos al departamento, nos bañamos, nos fuimos a  comer y nos dormimos mucho rato, como quien acaba de correr un maratón.

Hoy, varios días después puedo analizar la situación y entender que no importa si cumples religiosamente lo que dice el papel con los kilómetros de cada día, que el entrenamiento no está completo si la mente no está preparada. No sirve el uno sin el otro. Necesitas un buen capitán que dirija tu máquina, que es poderosa, pero si no le dicen qué y cómo, se descarrila.

Estuve muy triste pero la vida es paz y batalla, si no, no es vida.

Así que me quedo con un maratón maravilloso, con la hermosa ruta, lo verde de los árboles y el pasto, los tulipanes bailando con el aire, las ardillas, las cow bells sonando y los chorros de agua que salían de las mangueras de los atentos canadienses para  refrescarnos la cabeza. Me quedo con las personas que me vieron llorando, me sonrieron y me dijeron que me veía fuerte y que podía, sin conocerme.

Me quedo con una medalla que me costó media vida, con un viaje chulísimo con mi mamá, uno que tal vez nunca habría tenido la oportunidad de compartir de no ser por el amor a la carrera, me quedo con 42 kilómetros de autodescubrimiento, los más emocionantes de mi vida, un verdadero triunfo. Ottawa estuvo increíble.

 

Nos leemos <3

Alín

pd. Gracias a la gente que NO me preguntó que si “había ganado”.

 

 

 

 

 

 

 

 

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